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“Solos mi caballo, mi arma y yo”, decía una vieja canción utilizada en una también vieja película del oeste. En el idioma inglés, el primer uso del término “llanero solitario” se remonta a 1969. Su referencia inolvidable es el adusto vaquero enmascarado que por radio y televisión recorría el far west estadounidense luchando contra la injusticia. Y si bien el vaquero contaba con la ayuda de toro, su fiel compañero indio, su figura comenzó a ser utilizada en la década del sesenta para hacer referencia a cierto tipo de liderazgo individualista.



El síndrome del “llanero solitario” surge a partir de la distancia que se genera entre la necesidad de liderar que tiene un manager y la verdadera vocación que puede tener para ser un líder y no solo un superior en la jerarquía corporativa. Por falta de herramientas,  formación o simplemente habilidades básicas para la conducción de equipos, este tipo de líderes concentran todas las tareas, las responsabilidades y los deberes sobre su propia persona.



Existen varias razones para justificar esta conducta, que puede parecer heroica, pero que en realidad es bastante disfuncional. Por lo general, los “llaneros solitarios” tienen un ego que los lleva a pensar que ellos trabajan más rápido y de forma más eficiente que los demás. Ocupando posiciones de jerarquía, muestran una gran resistencia a delegar tareas en sus colaboradores. Y no es el miedo a que no se cumplan los objetivos lo que los detiene, sino esencialmente su falta de confianza en el resto de las personas. Su visión del trabajo es muy parecida a la del vaquero de antifaz: para ellos, ser un líder es hacerse cargo de todo y sentir, al final del día, que son los únicos con capacidad para hacerlo.



Los problemas de autoestima pueden ser también causa de este tipo de comportamiento.  Aunque suene contradictorio, muchas veces la necesidad de quedar siempre bien a los ojos de dependientes  y superiores es una forma de lidiar con una baja consideración de sí mismos.



En la mayoría de los casos el síndrome del “llanero solitario” se da como un fenómeno  natural y no intencional. Para muchas personas que no están preparadas para ejercer el liderazgo o no han recibido la dirección apropiada, esta forma de ejercerlo es la única que conocen. Creen que pedir ayuda es un síntoma de debilidad o de falta de responsabilidad. 



Consideran que la toma de decisiones asociada al rol de conducción es sinónimo de soledad a costa de excluir al resto del equipo de todo el proceso. Lo primero que los “llaneros solitarios”  deben aprender es que las personas no son superhéroes o súper heroínas, ni el lugar de trabajo es un lejano oeste plagado de desafíos a enfrentar en soledad. Deben aprender que delegar beneficia tanto al líder, que puede ocuparse de otros asuntos, como a los colaboradores, que podrán comprender mejor los procesos y sentirse parte. También deben  aprender que la comunicación es la base del trabajo en equipo, y que solo con grupos de trabajo comprometidos con objetivos comunes pueden lograse metas extraordinarias.



Deberán dejar de lado la falsa sensación de que todo lo pueden, abandonar la ilusión de controlar los resultados y abrirse para reforzar relaciones y vínculos de confianza con los demás. Llegarán así a la reveladora conclusión que ni ellos son los mejores, ni los demás son todos incompetentes.

 En una organización no existe la posibilidad de contar solo con uno mismo. Simplemente porque las organizaciones modernas son por naturaleza territorio de equipos y no de individualidades.​